
las guitarras tocan en las plazas públicas,
y las mujeres miran a sus espaldas
adivinando a los espías que se muerden la lengua
con una botella entre sus manos,
sentados en las áreas verdes
que se niegan a desaparecer.
aprendí los versos de Santa Sabina
que caían tan seguidos
como los cantos en el techo
por el mal tiempo del que nadie se queja.
los timbales y las voces,
allí quedó su descendencia universitaria,
que tuvo en su género flameante
la sangre guerrillera
entre mezclada con el negro pavor
de la muerte y la tortura,
cantan los héroes del pasado,
los hijos del mundo
que se empinan alcohol y cultura,
también amor y locuras,
en los cerros o en la laguna,
en el río o en el puerto,
en las salas de clases,
o en el parque,
en todas las esquinas
de donde deciende el perfume exquisito
de sus avenidas.
y son bravos,
porque el Valle es independiente,
y la pañoleta es para mostrarla en el aire
flameando consignas justas y necesarias,
quizás cantando, quizás gritando,
quizás marchando,
en el nucleo de este cemento civilizado,
tengo ese gusto lacrimógeno en la garganta,
mientras pienso en lo que ahora podría estar haciendo,
junto a los gritos incesantes de un pueblo
que merece incluso
un estado propio.
esperando algún día
poder revivir,
embriagándome como en esos años,
en los rincones del Valle de la Mocha.

