martes, abril 12, 2011

FIEBRE DE UNIFORME



He tenido que esquivar las balas,

las amenazas, las farras,
he tenido que enamorar a las tabletas,
para silenciar el reclamo
de todas esas depiladas piernas
que han pasado por mi colchón,


he tenido que cambiar de ropa,
de estrofas, de aliento, de alimento,
he tenido que escapar hacia la castidad,
para no volver a encontrar esta noche
y sobre mi cuerpo,
nuevamente mi propia realidad,


he tenido que cerrar la puerta,
guardar mis corazones, quemar sus enaguas,
esconder las voces,
secar los vasos,
apagar las poses,
he tenido que morir en la cama,
para aprender a vivir con zapatos,


he tenido que mentirle al vino y a la cerveza,
a la mujer del 23, a la agenda en la pelvis,
a mis apuntes, a mis otoños desnudos,
a los nombres diversos, a cada mañana,
he tenido quitarme los ojos,
para volver mirar con letras,


he tenido que dejar Londres y sus mini faldas,
Paris y su revolución,
he tenido que callar a Madrid y sus aves de paso,
he tenido que pegarme un balazo
para volver a nacer,
para volver a creer,
escribiendo sobre su espalda el verso que grita a escondidas
a través del vientre donde habito,
el que me ha devuelto las rosas,
el que me ha encendido la prosa.


Allí te miro y te escribo,
para que las ilusiones no tengan complejos,
para que tu cuerpo sepa de insolencias,
mas que de inocencia,
y para que las verdades,
la callen los espejos.


Por eso acudo a mis reflejos,
haciendo de esto un rosario
que en el altar de mi almohada,
rezaré junto a tu nombre,
aun cuando todavía,
ni siquiera me conozcas.

martes, marzo 08, 2011

OCHO DE MARZO



No me hacen falta las drogas ni el café,
me sobran las copas, los hielos y el abrigo,
las canciones tiernas,
los amigos,
el confesionario de un bar
que siempre nos deja en el cielo,
y los bastones de los intelectuales,
que nos obligan a pensar.


Me sobran las ideas y las ganas de escribir,
dejo la rebeldía junto al velador
y descorcho esta botella
haciendo esfuerzos para no morir,
para contarles que en cada parte de vuestra humanidad
se encuentran las verdaderas razones
que nosotros los ingenios, tenemos para vivir.


Ustedes no estrellan aviones,
ni dan misas tocando la entrepierna de un monaguillo,
no hacen golpes de estados,
ni campos de muerte,
ustedes dan vida,
mientras nosotros firmamos las guerras,


ustedes no inventan canciones,
porque las escuchan,
y no escriben poemas,
porque evitan la auto-referencia.


Desnudas, son el arte de dios
y la melodía soberana del hombre,
son el horizonte de un poeta
que se ha quedado sin letras,
la razón de los hijos,
que viven con la cobardía del padre,
el verso de un talibán
que ve entre sus escotes
algún invento yanqui
por el cual morir.


Las llaman las vírgenes de un pecado
que nunca fue pecado,
ponen en jaque nuestra virilidad
con apenas un reclamo
y buscan entre los satélites,
esos sueños, que a través de la historia
nosotros nos encargamos de arrebatarles.


Por eso pienso en ellas y en sus prisiones,
en la libertad puesta debajo de sus ombligos,
en sus perfecciones,
en las lágrimas por amores muertos,
en sus mini faldas hablando de pasiones,
en sus pechos saciando la hambruna,
y en los tacones rudos,
que cada día
nos regalan una nueva poesía.


Pienso en sus anillos
y en esas flores de regalo
que ellas cambiarían por derechos,
pienso en que nosotros les redactamos las leyes,
mientras ellas nos enseñan
las costumbres para vivir,


pienso en que el hombre es mudo hasta en su letra inicial,
y la mujer un concierto
cuyos versos tienen puestos los nombres
de quienes hoy
no alcanzaron a abrazarse.


Levantan la voz para amar,
para protestar frente a los sillones que miran la tv,
o que se dirigen a sus pueblos,
cantan la resistencia,
repudiando las reverencias,
como Elena, la Caffarena,
como Maris, la mexicana,
como Simone y sus plegarias,
como Juana, la heroína,
como Ana González,
buscando a sus familiares,
como Isidora y su Pérgola,
como Gabriela y sus libros,
como Violeta y sus guiños,


Desafían a los Dioses
con apenas una sonrisa,
y estremecen nuestras voces,
mostrando sus rodillas,
cerrando el dormitorio.


Y qué hago yo ante tanta idolatría,
y que hacen ustedes, rompiendo las blasfemias,
abriendo las piernas para jugar al placer
y a un nuevo nacimiento,


por eso me resigno y con gusto
ante toda esta esclavitud,
y canto porque quiero cantar,
y escribo porque quiero escribir,
porque la libertad tiene nombre de mujer,
porque la vida,
tiene nombre de mujer.


Y si Dios fuera mujer, pregunta Benedetti,
el reino de los cielos, ya no sería de los cielos,
la hombría sería cuento de los cuentos,
y la soberbia la guardaríamos en la basura
junto al cierre del pantalón,
y tal vez yo sería un buen redactor,
y tal vez ustedes, el paraíso
que cada noche, que cada día,
nos detendríamos a observar.


Yo me quedo aquí,
esperando las críticas,
adorando la cursilería,
buscando junto a ellas
el color rosa de los epitafios,
el sabor sencillo del agua bendita,
para quizás mañana
seguir sentado con la vista al frente,
siendo testigos de la creación,
la más pulcra creación,
que para escribir
nos entregan tantas razones,
como la cantidad de musas
jugando sobre la tierra.

viernes, febrero 25, 2011

DOS PÁJAROS DE UN TIRO



Cada tarde y a la misma hora,
me afirmo la corbata en la esquina de siempre,
espero a la butaca derecha de la primera fila
que no tarda en pasarme a buscar,
arriendo mi silencio y allí me quedo,
soberano de aquel teatro de marca Tucson,
que a poco andar encuentra mi casa,
cuando apenas empezaba a cantar.


Las luces adentro me hipnotizan,
las horas y el concierto
sufren de eyaculación precoz,
y lo que queda del verso
se guardará para la próxima obertura,
que aguardará en la esquina de siempre,
cada tarde y a la misma hora.


En el edificio del frente,
el escenario descansa bajo tierra,
los boletos, siempre los tiene ella,
asegurados al interior de la guantera donde nadie los ve,
y yo siempre tengo la canción
que nos incita a sentarnos para caminar,
que nos ayuda a callarnos,
para no dejar de tatarear,

y con ese acento español
nos vamos a rezar bajando el vidrio,
marcha con tracción en cuarta
y unos vientos que se coquetean un pentagrama
junto a las cuerdas,
en una cita para dos,
con una galería para dos,
con primaveras cayendo desde esas pantallas gigantes
que no son nada más que nuestros ojos.


Ella es mi piloto y mi sonidista,
piel de margaritas con una blusa ajustada,
Atenea de los genios y su verso largo,
arrepiente hasta el mismísimo diablo
por mirarle la falda corta
y donde muestra sus endiosadas rodillas
que se pierden entre los sentidos y los tacones negros,
excitantes,
que hacen de este concierto la voz más apasionante,
y sin aire acondicionado,


Nadie nos mueve de esta reserva,
nadie nos quitará estos recuerdos,
ni asaltarán la complicidad
que nos tiene besando la misma placa fotografía
de dos pajarracos pegando el mismo tiro,
mientras la gente pasa,
mientras el tiempo muere,
mientras cada verso te lo reescribo debajo del asiento,
y mientras los sonetos,
los bautizo con mi letra
que prometen quedarse
otra vez y como siempre
en tu guantera.


La peor amenaza siempre fueron los semáforos,
y nuestra velocidad depende de tus pies,
la despedida de las guitarras
suenan al cerrar la puerta
cuando ya hay que bajarse,
y el canto de los tiernos se quedan en tu escote
pululando hacia ese otro subterráneo
que te despojará del recital
que un par de cuadras atrás
me vio partir dejando el cráneo
para la próxima orquesta.


Y después de toda esta rutina,
me siento a mirar la luna
y escribo mi despedida,
tal vez esperando un final feliz
a toda esta burda telenovela,
sexo de papel con amores de favela
que sobre este palco y por cada tarde
se transforma en alguna canción que terminamos protestando,
tú sobre tu camión,
yo sobre mi balcón.


Y al otro día sobre el escritorio,
concilio la epidemia de poder escribirte,
de poder adorarte a mi merced junto al desayuno
sin resacas ni bohemia,
y pido no ser inoportuno
si te pregunto la hora y un cómo estás,
y espero no sufrir el infortunio,
de quedarme sordo
justo cuando me respondas.


Y ahora me dices que enviudaré,
y me repites que enviudaré,
después de la última cortina cuando baje el telón,
me obligas a despedirme de Sabina
porque se te ocurrió cambiarte de estación,


y esa última cerveza,
fue siempre tu última canción,
y me pides entereza,
cuando me quitas la razón.


Ahora no me queda más que los audífonos,
mis zapatos negros y la tierra de ese parque
sin butacas ni dorados rizos,
y pese a que me ha ganado la resignación
espero un rato cada día,
en la esquina de siempre,
por si la gira de esos dos pájaros arriba de tu teatro,
se vuelven a tentar saliendo del subterráneo
para invitarme a subir y a recitar
algún valeroso sentido a lo que queda de tarde.


Pero el éxodo de aquel concierto fue en serio,
las cinco puertas guardaron sus llaves
y encendieron la alarma,
y yo sigo la misma ruta,
solo y con el sonido en mi walkman
caminando nervioso y levantando la vista,
atento a si en una de esas,
alguno de aquellos espejos
captan mis reflejos,
y me sonríen al paso
cuando ya me estén dejando atrás.


Ya no quedan flores,
se acabaron los discos,
y la voluntad,
sigue esperando una nueva oportunidad,
mientras yo me resisto al giro
que junto a la poesía,
nos sumaremos a la vigilia de ti y de ese Tucson
que nos vuelva a hacer cantar
como dos pájaros de un tiro.